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  • Augusto, Tarraco y Antonius Musa

    El invierno del 27 a.C. azotaba la costa de Hispania cuando César Augusto, el dueño del mundo, llegó a Tarraco. Pero no lo hizo con la majestad de un emperador, rodeado de estandartes y vítores, sino enfermo, débil y al borde del abismo.

    Antonius Musa no era un senador ni un general. Era un liberto, un hombre que había nacido esclavo pero que, gracias a su conocimiento de la medicina griega, se había convertido en el médico personal de Augusto. Y ahora, ante la mirada de los más altos dignatarios del Imperio, su responsabilidad era salvar al hombre que sostenía Roma con sus manos.

  • Augusto y Tarraco

    En el invierno del 27 a.C., un Augusto enfermo y debilitado encontró en Tarraco el refugio perfecto. Su clima templado, protegido de los vientos fríos, le ofreció la calma que Roma no podía darle. Lo que debía ser una breve estancia se convirtió en más de un año, y durante ese tiempo, Tarraco fue, de facto, la primera capital imperial fuera de Roma.

    Desde su residencia en la parte alta de la ciudad, el emperador observaba el bullicio del puerto, el foro lleno de comerciantes y las legiones entrenando en la costa. Aquí, no solo recuperó su salud, sino que también empezó a concebir la estabilidad del Imperio.

    En agradecimiento, Tarraco recibió monumentos que aún hoy perduran: el Foro Provincial, centro administrativo; el Templo de Augusto, donde se le rindió culto en vida; el Circo Romano, con espectaculares carreras de cuadrigas; y el Anfiteatro, testigo de luchas de gladiadores junto al mar.

    Tarraco no solo acogió al emperador, sino que se transformó en una ciudad imperial. Hoy, sus ruinas recuerdan el momento en que, por un tiempo, Roma fue gobernada desde Hispania.