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Augusto, Tarraco y Antonius Musa

Augusto en Tarraco: cuando el hombre más poderoso de Roma temió por su vida

El invierno del 27 a.C. azotaba la costa de Hispania cuando César Augusto, el dueño del mundo, llegó a Tarraco. Pero no lo hizo con la majestad de un emperador, rodeado de estandartes y vítores, sino enfermo, débil y al borde del abismo.

Su piel ardía de fiebre, su cuerpo no respondía, y su mente—la misma que había derrotado a Marco Antonio y cambiado el curso de la historia—se nublaba con el temor a una muerte prematura.

Roma dependía de él. Pero en aquel momento, por primera vez en su vida, Roma era lo último en lo que podía pensar.

El hombre que había sobrevivido a las traiciones, a las guerras civiles y al filo de las dagas estaba ahora indefenso ante algo mucho más simple y cruel: su propio cuerpo.

Y su destino, y quizá el de todo el Imperio, quedó en manos de un solo hombre.

Antonius Musa: el esclavo que desafió la muerte del emperador

Cuando la noticia de la enfermedad de Augusto llegó a Roma, el pánico se extendió como un incendio. Sin él, el Imperio colapsaría.

Pero en Tarraco, entre las columnas de la villa donde el emperador agonizaba, un hombre se movía con calma. Su nombre era Antonius Musa.

Musa no era un senador ni un general. Era un liberto, un hombre que había nacido esclavo pero que, gracias a su conocimiento de la medicina griega, se había convertido en el médico personal de Augusto. Y ahora, ante la mirada de los más altos dignatarios del Imperio, su responsabilidad era salvar al hombre que sostenía Roma con sus manos.

El emperador había sido tratado con los métodos tradicionales: baños calientes, cataplasmas, sangrías. Pero nada funcionaba. Su fiebre no cedía, su cuerpo se debilitaba. Algunos ya murmuraban que los dioses estaban reclamando su alma.

Pero Musa no creía en los dioses. Creía en la razón. Y desafió todas las convenciones médicas de su tiempo con un tratamiento que nadie se habría atrevido a sugerir.

Baños fríos. Infusiones heladas. Aire limpio del Mediterráneo.

Un escándalo. Una locura. En Roma, los médicos se horrorizaban. ¿Cómo iba a sobrevivir un enfermo debilitado con tratamientos de frío? Pero Musa no dudó. En Tarraco, con su clima templado y protegido de los vientos, con su brisa marina y su sol amable incluso en invierno, tenía la oportunidad perfecta para aplicar su método.

Y entonces, el milagro ocurrió.

Día tras día, el emperador empezó a recuperar el aliento. La fiebre cedió. Sus ojos, antes hundidos y apagados, volvieron a brillar. Augusto volvía a la vida.

Roma respiró aliviada.

Musa no solo había curado al emperador. Había salvado el Imperio.

El Augusto que emergió de Tarraco no era el mismo

Cuando Augusto abandonó Tarraco, no era el mismo hombre que había llegado meses antes.

Había visto la muerte de cerca. Había sentido el frío del olvido, la fragilidad de su propio poder.

Hasta entonces, se había creído invencible. Ahora sabía que no lo era. Y eso lo cambió para siempre.

Desde ese momento, dejó de pensar solo en su reinado y empezó a planificar la supervivencia del Imperio más allá de su propia vida. Fortaleció el Senado. Consolidó su sistema de gobierno. Preparó una sucesión.

Porque sabía que un día su cuerpo volvería a fallarle.

Y la próxima vez, no habría un Antonius Musa para salvarlo.

El destino de Musa y el legado de Tarraco

Musa, convertido en héroe, regresó a Roma como un hombre célebre. El Senado le concedió honores, se erigió una estatua en su nombre en el Templo de Asclepio, y su método de hidroterapia se puso de moda entre la élite romana.

Pero la fortuna no es eterna.

Años después, cuando el nieto y heredero de Augusto, Cayo César, cayó enfermo, Musa aplicó el mismo tratamiento. Y falló.

Cayo murió. Y con él, la reputación de su médico.

Fue el recordatorio de que la medicina romana tenía límites. De que la ciencia podía desafiar a la muerte una vez, pero no siempre.

Pero Tarraco ya había cumplido su propósito. Había salvado a Augusto.

Y cuando hoy recorremos sus ruinas—cuando pisamos el Foro, cuando nos sentamos en las gradas del Circo o contemplamos el mar desde el Anfiteatro—podemos imaginar al emperador mirando ese mismo horizonte.

Y podemos preguntarnos:

¿Pensó en la muerte? ¿Pensó en su destino? ¿Pensó que, en aquel rincón de Hispania, había empezado a escribir la historia del Imperio que duraría mil años?

Quizá sí.

Pero lo único seguro es esto: sin Tarraco, sin Antonius Musa, sin aquel invierno en Tarraco… Roma nunca habría sido la misma.