Los pueblos ibéricos (Parte III)

Los pueblos ibéricos. La Religión

Un aspecto muy difícil de sintetizar es el de la religión íbera. Se conocen representaciones de divinidades posibles masculinas y femeninas; en algunos casos parecen mantener tradiciones iconográficas semitas, y otras, por el contrario, enlazan bien con el mundo religioso griego. Existían santuarios donde los fieles depositaban sus exvotos, habitualmente lugares naturales en torno a cuevas, fuentes o bosques. En algunas de las estatuillas utilizadas como ofrendas en ellos se ha querido ver representaciones de los propios dioses o sus servidores y sacerdotes. Y lo mismo el papel que esas esas probables jerarquías  religiosas jugarían en el conjunto de la vida de los Íberos. Desde luego sus necrópolis y monumentos funerarios, así como las escenas sacras que se inmortalizaron en las cerámicas parecen demostrar que existía una profunda religiosidad, o cuando menos un complejo ritual en torno a la muerte.

Toro de San Roque de influencia Fenicia

No parece descabellado pensar que en los primeros tiempos de la cultura ibérica la influencia fenicia debió ser más fuerte que la griega, para después trastocarse los papeles. Algunas de las estatuillas más arcaicas halladas en los santuarios, a partir de mediados del siglo VI a.C., parecen responder a ideas religiosas semitas y reflejar las propias divinidades orientales, como por ejemplo Reshef. No debe parecer extraño, pues a lo largo de la costa andaluza se conocen ya un buen número de hallazgos que prueban el arraigo  de los cultos semitas en Occidente, particularmente en la ciudad de Cádiz. Sin embargo, a partir de fines del siglo V, y sobre todo a lo largo del siguiente, la influencia griega fue intensa, particularmente en el aspecto religioso que hace mención al mundo de los muertos. Ritos y mitos se reflejan en los ajuares de las tumbas más ricas.

Exvoto Ibérico en actitud de guerrear

Se desconoce cualquier nombre de divinidad y la posible estructuración del panteón religioso. Pudo existir un dios de la guerra, lo que no dejaría de ser lógico en el contexto en que se mueve el pueblo íbero, que se plasma en las figurillas de guerreros, particularmente aquellas que imitan actitudes conocidas de otras divinidades, como Reshef, y que se encuentran tanto en santuarios como en hallazgos aislados. Quizá también hubo un dios de los caballos, despotes hippon, inmortalizado en relieves como el de Villaricos. Desde luego existió una divinidad femenina de primer rango, quizá diosa madre y de la fecundidad, que se representa sentada en un trono tanto en esculturas como en otro tipo de figuraciones. En torno a ella, como muestra la pátera de Tivissa, se desarrollaba un complejo ritual de ofrendas y se escenificaba todo un relato divino con personajes heroizados, animales benéficos y dañinos. A veces aparece alada y en ocasiones sujeta dos caballos.

Junto a los dioses se desarrolló toda una teoría religiosa, por lo que se conoce vinculada, sobre todo, a los cultos de ultratumba. En ella jugaban un papel fundamental los anímales míticos, como los grifos y las bichas, u otros que siendo reales, como el león, nunca pudieron ser contemplados directamente por un íbero. También el toro y el caballo y, en los exvotos, una multitud de especies y tipos. Esos animales constituían los frisos esculpidos en los monumentos funerarios o aparecían exentos en los santuarios. Son, sin duda, trasposiciones de cultos orientales, como bien se ve, por ejemplo en el monumental conjunto de Pozo Moro, y aunque permiten interpretaciones en sus lugares de origen, aceptar aquí significados similares para ellos es, cuando menos, arriesgado.

La mejor información religiosa procede de los ritos de ultratumba, conocidos a través de las excavaciones arqueológicas. El Íbero habitualmente era incinerado, esto es, su cuerpo quemado en lugar especialmente acondicionado para ese fin en cada cementerio, y sus cenizas se depositaban luego en el interior de una urna, normalmente consistente en un vaso cerámico. El recipiente que contenía las cenizas se introducía en la tumba o simplemente en un hoyo, acompañado de ofrendas de variado tipo. Así, se colocan sus adornos personales, los elementos que servían para señalar su condición profesional o social, y una serie de recipientes cerámicos con alimentos que acompañaban al difunto en el viaje. La presencia en ciertos enterramientos importantes de determinados tipos de cráteres y kilikes hacen pensar que el rito fúnebre helénico del simposio o banquete mortuorio estaba aceptado por los Íberos. Desde luego, sus creencias sobre la vida de ultratumba parecen fuera de toda duda, y lo mismo cabe decir a propósito de la existencia de un complejo ritual que se ponía en marcha cada vez que se celebraban los funerales de un personaje ibérico, según ha quedado plasmado, por ejemplo, en los relieves de Osuna, con su cortejo de músicos y guerreros.