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Adriano y la rebelión de Judea

A pesar del carácter conciliador de Adriano para con todos los súbditos de Roma, había un grupo étnico por el que no sentía ningún respeto, los judíos.

La rebelión judaica y Adriano

En el año 131, Adriano, visitó la provincia romana de Judea, provincia que había sufrido dos guerras, la primera guerra judeo-romana (66 - 73) y la guerra de Kitos (115 - 117) bajo el reinado de Trajano. Estas dos guerras habían reducido a ruinas la importe ciudad de Jerusalén. Adriano, pensando en que sería una medida recibida con agrado, ordenó construir la ciudad de Aelia Capitolina sobre los escombros de Jerusalén. Ordenó las construcción del templo de Júpiter sobre las ruinas de un templo a Salomón, medida que exacerbó al pueblo judío que suspiraba por su templo arruinado. 

En este caldeado ambiente apareció la figura de Bar Kojba, Hijo de la Estrella en judío, al que el gran rabino Akiba entregó el bastón de mando. Esta decisión de Akiba hizo que se levantara todo el pueblo de Israel para apoyar el denominado "Nasi", príncipe en hebrero.

Adriano ordenó sofocar la rebelión a uno de sus mejores hombres, Quinto Tineo Rufo. Rufo fracasó y el Imperio Romano perdió un gran número de hombres. Ante la posibilidad de perder el control en la zona, Adriano ordenó el envío de legiones romanas desde las vecinas Siria, Egipto y Arabia, incluso llegaron hombres desde la lejana Britania junto con su mejor general Cayo Julio Severo

Pera la victoria no iba a ser sencilla para el Imperio Romano, tuvo que emplear tres años de lucha metódica para ir recuperando palmo a palmo el terreno perdido ante los rebeldes hebreos. El ejercito romano consiguió empujar a los hebreos hasta su principal fortaleza en la ciudad de Bethar, donde moriría Bar Kojba como un héroe cuando dirigía la defensa de los muros de Bethar.

Alrededor de 500.000 judíos perdieron la vida en esta guerra, los que sobrevivieron fueron vendidos en los mercados de Gaza y Terebinto, y la dispersión del pueblo judío, iniciada por Vespasiano se cumplió. La ciudad Elia Capitolina fue poblada por griegos, prohibiendo la entrada a los hebreos. De esta prohibición quedaron exentos los cristianos, a pesar de ser considerados en aquella época como una secta judaica.

Adriano persiguió las creencias judías: transformó la gruta de Belén en un templo a Adonis y alzó estatuas de Júpiter y Venus sobre el Calvario y el Santo Sepulcro. También cambió el nombre a la provincia, que pasó a llamarse Siria-Palestina, en honor a los principales enemigos de los judíos, los filisteos, y de esta forma cortar la relación de los judíos con su tierra natal.

La muerte de Adriano y su sucesor

Antes de que la guerra terminase, Adriano volvió a Roma de donde ya no volvería a salir. La salud de Adriano estaba empeorando y nombró a Antonino Pío como sucesor con el compromiso de que este adoptase a Marco Aurelio como el siguiente sucesor.

Adriano murió el 10 de julio del año 138 de muerte natural, probablemente un ataque al corazón, a la edad de 62 años. Inicialmente fue enterrado en una finca de Cicerón pero Antonino Pío mandó construir la gran tumba de Adriano al año siguiente. Su cuerpo fue cremado y enterrado junto con su mujer y su hijo, Lucio Elio Vero.

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